jueves, 12 de marzo de 2009

Juanita Reina vio el mar por primera vez en Chipiona.-







La artista sevillana siempre llevó en su corazón esta población gaditana, una de cuyas calles lleva su nombre.-


El próximo día 19 de marzo se va a cumplir el décimo aniversario del fallecimiento de la emperatriz de la copla, nuestra Juanita Reina. El tópico de la artista y mejor persona que se fue y que dejó su arte entre nosotros no deja de ser cierto en el caso de Juanita.


Aquí en Chipiona, tierra a la que pregonó durante mucho tiempo, se le rotuló una calle con su nombre el 26 de abril de 1997, en un acto en el que estuvo acompañada por sus compañeras, familia y numerosos admiradores. Juanita ya había recibido en Chipiona la Medalla al Mérito Turístico en 1988 a iniciativa del CIT(Centro de Iniciativas y Turismo).


Hoy en el décimo aniversario de la muerte de Juanita, en Chipiona es recordada con alegría y respeto. A continuación transcribimos por su emotividad el discurso que pronunció Juanita Reina ante la corporación presidida por el alcalde Justo Masot el día de la rotulación de su calle.


La primera vez que vi el mar.
La primera vez que vi el mar fue en Chipiona. Allá por los años cincuenta D. José Escrivá de Romaní y mis tíos, Dña. Encarnación López Reina, y su marido. D. Francisco Somé (que tanto me ayudaron en el inicio de mi carrera artística) me invitaron a pasar unos días en este maravilloso rinconcito, cada día más conocido, de Andalucía.
Allí fuimos a la casa que D. José tenía: un precioso chalet en el mismo corazón de Chipiona. La luz, el color, los olores…todo me invadió y me llenó de alegría, cuando al descubrimiento de la mar, uní el conocimiento de una filosofía especial de ver las cosas, la de Chipiona, pausada y alegre, profunda y divertida, llena de vida.
Tras ver el mar, otra revelación se produjo en mí, ya que justo después conocí a la Virgen de Regla, hacia la cual siento una especial devoción y que cada vez que puedo me escapo para verla, sobre todo en la calle, rodeada de tantos y tantos miles de fieles que se rinden fervorosamente a sus pies.
A partir de ese momento, mi familia y yo decidimos compartir tan especial lugar y nos hicimos una casa en la Avenida del Ejército. Una casa rodeada de viñedos de uva moscatel. Fue una casa en la que vivimos felices, no sólo durante el verano, sino también en invierno, cuando la vida en Chipiona se hace más pausada, más pura, con menos contaminación del mundo exterior que inexorablemente, a veces, hace difuminarse nuestras raíces.


Pero por mucha polución que llegue de estas fuentes externas, a Chipiona no hay quien le desdibuje su semblante: siempre llevará dentro de sí esa especial manera de ver la vida, aunque no reniegue del inevitable progreso.
En verano, recuerdo que nos despertábamos muy temprano y hacia las ocho de la mañana paseábamos por la arena de la playa de Regla hasta Marielo. Allí estaba el sanatorio de San Carlos, que tras una exhaustiva búsqueda del Dr. Tolosa Latour por toda Andalucía, se montó en Chipiona, ya que para el tratamiento de problemas de huesos, nada mejor que el agua rica en yodo y el sol de esta maravillosa playa.


Recuerdo también las apacibles tardes, los paseos en los coches de caballos los Naterros, la inexcusable parada en Casa Peñita para comer caracoles, y como no, las sesiones de cine, con sus típicos cartuchos de pipas…
Otras tardes nos reuníamos mis hermanas, mis amigas y yo en mi chalet y esperábamos a La Chicuna que nos cantaba aquellos de “un bergantín velero cruza los mares con altivez…” y otros cantes que nos dejaban embelesadas con la pureza y la gracia de esta tierra.


Por supuesto que tampoco puedo olvidar a El Chanelo que vendía pasteles, los famosos “chipis”, merengues, carmelas, sultanas de coco…todos metidos en una inmaculada canasta blanca, cubierta de un límpido paño del mismo color, guardando la esencia de estas delicias…
Amaba y amo esta tierra en la que me pasé los mejores quince años de mi vida, continuada o ininterrumpidamente.


Me integré, sí, en la vida del pueblo: hice el saque de honor, inaugurando el campo de fútbol del colegio de los padres franciscanos del Monasterio de Nuestra Señora de Regla, firmé botas en la bodega de D. Julio Ceballos… me uní de forma indeleble a una localidad que para mí era algo mucho más grande que un lugar donde pasar unos meses al año: era el descanso, era el reposo, el remanso de paz que me envolvía en el momento en que podía, ya que cada vez que me lo permitía mi agitada vida artística, ya fuera verano, otoño, invierno(que todavía recuerdo la nevada que pasó en Chipiona, cuando estábamos haciendo el chalet, con todo el mundo asustado..) o primavera, me escapaba hasta allí, para seguir sabiendo que era andaluza.


Y es que siempre, Cádiz y Sevilla, han sido los ejes de mi vida. Por un lado, una Sevilla donde nací, y a la que amo con todo mi corazón, y por el otro Cádiz, una tierra mágica, encantadora, bellísima, que te nubla los sentidos: mi marido es gaditano, y la mitad de mis raíces se centran en este trozo de Andalucía, donde también pasé largos y preciosos años de mi vida, en Chipiona, aprendiendo a apasionarme con los sencillos placeres que aquí se cultivan.


Fíjense hasta el punto que Chipiona ha marcado mi vida, que uno de los más famosos personajes que he interpretado (Lola, la cantaora, esa que se iba a los puertos dejando la Isla sola…según los Machado) también se escapaba a Chipiona para olvidad sus problemas… al principio, y más tarde para consolidad su amor. Igual que yo.

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